Ana sigue ahí sentada junto a la mesa camilla. La cabeza inclinada sobre su pañito de ganchillo. La luz de la lámpara apenas deja ver algo más que la circunferencia de la mesa. Sobre ella un vaso de agua a medio beber y un pañuelo humedecido. Ana lleva puestas unas gafas que reflejan sus manos lentas y torpes que hacen y deshacen la labor. Al fondo, en penumbra, un reloj colgado en la pared parece señalar otra hora, tal vez esté parado. Noto la habitación fría. Algo me impide pasar. Le suplico desde el hueco de la puerta que me perdone. Que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí, en aquella casa, junto a ella. Que la quiero y que todo ha sido un malentendido. Ella no me contesta, sigue peleándose con el hilo, su dedo y la aguja ganchuda. Me ignora por completo y poco a poco la cólera comienza a apoderarse de mí. Intento hacerle ver que si salgo de allí me perderá para siempre. La amenazo con no regresar nunca más. Ella no se incomoda. Ni un murmullo. Ni un desdén. Ni siquiera levanta la mirada. Así que le grito: ¡Tú lo has querido! ¡Adiós!. Dejo abierta la puerta, bajo las escaleras como un loco y salgo a la calle ciego de ira. El coche se abalanza sobre mí a gran velocidad. Apenas siento el mortal golpe. Un instante después sigo en el hueco de la puerta, Ana sigue ahí, sentada junto a la mesa camilla con su mirada perdida sobre el trabajo. Le pido perdón. Le digo que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí...
jueves, 21 de agosto de 2008
El hilo y el ovillo
de Javier Ceced

Ana sigue ahí sentada junto a la mesa camilla. La cabeza inclinada sobre su pañito de ganchillo. La luz de la lámpara apenas deja ver algo más que la circunferencia de la mesa. Sobre ella un vaso de agua a medio beber y un pañuelo humedecido. Ana lleva puestas unas gafas que reflejan sus manos lentas y torpes que hacen y deshacen la labor. Al fondo, en penumbra, un reloj colgado en la pared parece señalar otra hora, tal vez esté parado. Noto la habitación fría. Algo me impide pasar. Le suplico desde el hueco de la puerta que me perdone. Que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí, en aquella casa, junto a ella. Que la quiero y que todo ha sido un malentendido. Ella no me contesta, sigue peleándose con el hilo, su dedo y la aguja ganchuda. Me ignora por completo y poco a poco la cólera comienza a apoderarse de mí. Intento hacerle ver que si salgo de allí me perderá para siempre. La amenazo con no regresar nunca más. Ella no se incomoda. Ni un murmullo. Ni un desdén. Ni siquiera levanta la mirada. Así que le grito: ¡Tú lo has querido! ¡Adiós!. Dejo abierta la puerta, bajo las escaleras como un loco y salgo a la calle ciego de ira. El coche se abalanza sobre mí a gran velocidad. Apenas siento el mortal golpe. Un instante después sigo en el hueco de la puerta, Ana sigue ahí, sentada junto a la mesa camilla con su mirada perdida sobre el trabajo. Le pido perdón. Le digo que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí...
Ana sigue ahí sentada junto a la mesa camilla. La cabeza inclinada sobre su pañito de ganchillo. La luz de la lámpara apenas deja ver algo más que la circunferencia de la mesa. Sobre ella un vaso de agua a medio beber y un pañuelo humedecido. Ana lleva puestas unas gafas que reflejan sus manos lentas y torpes que hacen y deshacen la labor. Al fondo, en penumbra, un reloj colgado en la pared parece señalar otra hora, tal vez esté parado. Noto la habitación fría. Algo me impide pasar. Le suplico desde el hueco de la puerta que me perdone. Que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí, en aquella casa, junto a ella. Que la quiero y que todo ha sido un malentendido. Ella no me contesta, sigue peleándose con el hilo, su dedo y la aguja ganchuda. Me ignora por completo y poco a poco la cólera comienza a apoderarse de mí. Intento hacerle ver que si salgo de allí me perderá para siempre. La amenazo con no regresar nunca más. Ella no se incomoda. Ni un murmullo. Ni un desdén. Ni siquiera levanta la mirada. Así que le grito: ¡Tú lo has querido! ¡Adiós!. Dejo abierta la puerta, bajo las escaleras como un loco y salgo a la calle ciego de ira. El coche se abalanza sobre mí a gran velocidad. Apenas siento el mortal golpe. Un instante después sigo en el hueco de la puerta, Ana sigue ahí, sentada junto a la mesa camilla con su mirada perdida sobre el trabajo. Le pido perdón. Le digo que no me marcharé más veces. Que me permita continuar allí...
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2 Comentarios ¿Quieres hacer el tuyo?:
El ciclo de la soledad... bien reflejado. Sigue que vas bien, y poco a poco tendrás un buen repertorio editado. Saludos.
Gracias neuromante.
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