miércoles, 15 de octubre de 2008

Galachos

de Javier Cerced



Juan coge la caña. Ceba su anzuelo con pan amarillo y lo lanza, pero no pesca, no pesca y no le importa, nunca le ha importado. Es tarde, Juan está en el galacho, justo donde lo llevó su padre la primera vez. Acababa de morder el anzuelo, él y una madrilla que se debatía al final del hilo sacudiéndose y llenándole de regocijo. Pero aquellos tiempos han pasado. Su padre hace mucho que murió y ahora es él quién pesca viejo y solo.
El galacho está lleno de pescadores con sus cañas plantadas, inmóviles. Las campanillas colocadas en lo alto de sus aparejos hace tiempo que no avisan de capturas. La contaminación y la abundancia de pescadores ha terminado con casi todos los peces. Sólo corre el rumor de que queda un lucio que algún atardecer remueve las aguas sucias de las riberas con su aleta dorsal.
Juan va allí a pasar el tiempo, su tiempo. Pasa el tiempo y observa. Observa cómo la vida fluye a impulsos. Tira el anzuelo y lo coloca en el centro del antiguo río y observa.
Observa cómo el corcho se mece en medio de los círculos provocados por su caída, después de sumergirse y volver a la superficie. Luego, la corriente o tal vez la brisa, lo deriva hasta la orilla, así que lo recoge y vuelve a lanzarlo. A lo largo de la tarde lo va repitiendo una y otra vez. Y mientras tanto observa. Observa las hojas de los álamos temblones cómo las mueve el aire. Giran y vuelven a girar a su posición anterior, muy rápido, creando una sensación de claro y oscuro al reflejarse la luz sobre la cara plateada de su reverso.
Hace tiempo que le ha llamado la atención ese ritmo que llevan las hojas. También hace tiempo que se ha fijado en las minúsculas olas que inundan las orillas de aquel estanque. Apenas llegan a cubrir las piedras redondas que hay a un palmo del agua. Llegan a un ritmo regular de vaivén, cómo las hojas. Cuando observa esa cadencia siente. Siente que él forma parte de esa misma fuerza, de ese ritmo.
Su mano izquierda hace tiempo que ha empezado también esa cadencia. Pero no le preocupa. No le preocupa porque sabe que es la vida la que le hace seguir el compás.
Juan hoy tampoco espera pescar nada. Hace tiempo que su caña no se dobla. Tampoco espera que hoy tenga suerte, pero ha acudido, como todos los días, a su cita con el agua.
Si no observa, Juan hace figuritas de perros sentados sobre sus patas traseras y con las orejas alertas. Utiliza la madera que recoge en el bosque por el que atraviesa para llegar al galacho. Luego las regala a cualquier niño que se encuentra cuando sale o regresa a casa. Cuando está a punto de terminar la oreja derecha del pequeño perro, el cascabel que tiene colocado en la punta de su caña le llama. No puede creer que sea su cascabel, se levanta de su silla plegable y mira alrededor para descubrir a qué se debe el sonido.
Su mirada se encuentra con la mirada de la mayoría de pescadores que están cerca de él. Entonces reacciona, toma la caña con suavidad y nota cómo la tensión del sedal se hace cada vez más fuerte. Comienza a comprender lo que sucede y se prepara para librar una gran batalla.
Si el rumor es cierto, tal vez haya pillado al lucio. Tal vez haya picado el último pez del galacho. Debe sujetar la caña con fuerza. La pelea va a ser terrible. Suelta un poco de hilo y deja que el pez se recupere. El sedal se mueve de izquierda a derecha dejando un surco en la superficie del agua.
Vuelve a recoger carrete, preparado para un nuevo tirón, pero no ocurre nada. El pez cede y poco a poco observa cómo la mancha plateada va acercándose hacia él. Cuando el pez tiene medio cuerpo fuera del agua lo observa con detenimiento. Es enorme, de unos 6 kilos, tal vez más. Salvo su boca, apenas se mueve y lleva el lomo lleno de cicatrices. “Un viejo ejemplar”, exclama, “lo que habrás peleado tú hasta llegar aquí”.
Juan no entiende por qué no ha roto el sedal, de sobras sabe que los lucios tienen los dientes muy fuertes y cortantes y hay que pescarlos con hilo de acero y no con uno de nylon. Ni siquiera lo intenta izar con la caña, simplemente se agacha, mete sus manos por debajo de su cuerpo y lo levanta. El lucio parece captarlo reflejándolo en su ojo oscuro.
Con unos pequeños alicates que lleva en el morral corta el anzuelo que se ha clavado en la parte superior de la boca. Retira el anzuelo y lo devuelve al agua de la misma manera que lo ha sacado. El pez mueve su aleta caudal de un lado al otro paro sin impulsarse hacia ningún sitio.
Juan lo empuja hacia el centro del galacho pero el pez vuelve lentamente y se gira sobre la orilla quedándose de costado. Juan lo toma otra vez intentando equilibrarlo. Al pasar la mano por su lomo nota cómo éste tiembla, al menos eso es lo que piensa Juan cuando siente aquel estremecimiento.
Es entonces cuando Juan comprende. La noche ha hecho su presencia y poco a poco va desplazando las luces de la tarde. No queda ya nadie en el galacho.
Juan siente que su mano izquierda baila nuevamente. Entonces levanta la vista. Las primeras estrellas han hecho su aparición. Parece que también bailan.Juan pliega su caña. Recoge el morral y lo coloca sobre la silla. Pone encima el perrito sentado sobre sus patas traseras. Deja todo junto al árbol que tantas veces le ha servido de refugio y camina hacia la orilla. Cuando el agua le llega al pecho nada, y el pez nada junto a él. Hasta que la noche los cubre por completo.

(Este es mi primer texto que ha sido publicado en papel.)


2 Comentarios ¿Quieres hacer el tuyo?:

Ana dijo...

Un gran libro ese de "Primeras palabras"

Besos

Ana

Javier Cerced dijo...

Gracias Ana. Lo mismo digo yo.

Un beso.