de Javier Cerced
Perdóname cariño por haber faltado a nuestra cita. ¿Me has echado de menos estos últimos jueves? Ya sabes, el reuma no perdona y cada día me cuesta más coger el autobús cargada con el bolso, las flores y los años. Además no me atrevía a venir. ¡Vaya! alguien se ha llevado las últimas flores que te puse y han dejado el cazolete vacío. Espero que a quién se las hayan puesto las mereciese. Estas que te traigo hoy son de verdad. Dicen que las traen desde muy lejos, de sitios donde todavía no se ha marchitado la primavera. Nuestro hijo me ha llamado, quería hablar conmigo. Adolfo... tú ya sabes lo que te he querido y que mi vida siempre la he gastado a tu lado. Pensarás que a qué viene esto ahora. Pues... que tengo que decirte algo y no sé por donde empezar. Pronto hará veinte años que no estamos juntos. Al principio lo pasé muy mal y me sentí muy sola, incluso estuve a punto de seguirte pero me faltaron tus fuerzas. Luego... bien sabes tú lo que cuesta levantarse y ponerse en marcha otra vez. Te llevaste contigo más de la mitad de mi vida. Ya te he hablado otras veces de eso. El dolor pesa mucho, no ese dolor que se siente y se pasa tomando una pastilla, no, el otro, ese que sale cuando ya no podemos llorar. Menos mal que estás pegadito al suelo, que si no, no sé como podría tenerlo así de limpio. Como te iba diciendo, hace mucho tiempo que ya no estás conmigo y un día, de esto también hace ya algún tiempo, conocí a un hombre, casi van ya para siete años. No, espera, no es lo que te piensas, no te he sustituido por otro y tampoco te he faltado el respeto en ningún momento. No me he olvidado de ti en ningún instante, no seas así, de eso puedes estar seguro. Lo conocí por casualidad. Yo venía de comprar el pan, él se había refugiado en el portal, estaba un poco mareado y lo subí a casa, le di un poco de agua y aire y poco a poco fue recobrando el ánimo. Era un buen hombre, limpio, educado y de buenos modales. Él también estaba vacío, hacía poco que había perdido a su mujer. Le vi un poco desesperado, la soledad le estaba destrozando. Así que le dije que si quería quedarse conmigo... podía hacerlo. Fue un pronto, ya lo sé, pero a mí también me venía bien un poco de compañía. Es muy respetuoso. Cuando pasan las diez de la noche, ya sabes tú que a mí me gusta acostarme pronto y más si es invierno, pues cuando se oscurece y ya hace rato que las farolas han encendido los rincones de las calles, siento como él zarandea en la cerradora, no tienen muy buen pulso y tarda un poco en abrir la puerta. Luego escucho cómo recorre el pasillo intentando no arrastrar los pies y entra en la habitación de al lado, esa que tenemos para desahogo por si viene algún familiar, ¿recuerdas?. Allí se desnuda procurando no hacer ruido. Después, con cuidado, se mete en la cama y me dice muy bajito... buenas noches Felisa. Yo no le contesto y me hago la dormida, creo que él lo sabe. Si hace frió noto como se arrima a mí y busca con sus pies el calor de los míos, yo me vuelvo para el otro lado, le ofrezco mi espalda y él se acerca un poquito más y apoya su mano sobre mi cadera. Siento como se templa su cuerpo. Luego, no pasa mucho rato, su mano resbala poco a poco y la noche se relaja. Y así nos quedamos hasta que nos dormimos. Reparo en su respiración acompasada a mi lado y eso me hace sentir mejor y me tranquiliza, es, como mi medicina para conciliar el sueño, como aquellas píldoras de color amarillo que tomabas antes de ir a dormir. Yo me conformo con saber que hay alguien cerca que rompe, aunque sólo sea con su presencia, esta maldita soledad y ahuyenta mis fantasmas. No te habrá sentado mal que te diga todo esto, ¿verdad?. Madruga mucho y ni siquiera hace gasto para el desayuno, simplemente se levanta y se va y ya no vuelvo a saber de él hasta la noche. Arturo, ¿te he dicho que se llama Arturo?. Arturo no pregunta apenas nada y yo tampoco. Tu hijo pretende que me vaya a vivir con ellos pero yo no quiero. Esa ciudad donde viven no me hace ninguna gracia, hay muchos coches y hace demasiado calor. Luego está lo de los nietos, son ya un poco mayores y llevan una vida que no me gusta nada, además aquí estas tú. No quiero perder la poca libertad que me queda, ni tampoco la casa llena de tus recuerdos, ni mis noches. Así que si no te importa volveré el jueves que viene. Tal vez algún día de estos le pida a Arturo que me acompañe, para que lo conozcas... si a ti no te importa.
jueves 23 de octubre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 Comentarios ¿Quieres hacer el tuyo?:
me gusta
Publicar un comentario en la entrada