—¿Y tú por qué estás aquí? —preguntó Pedrón al compañero que acababan de meterle en la celda.
—Por nada —respondió Lucas.
—Por nada yo le metí doce puñaladas a mi cuñao y me trajeron a este agujero. Aquí se está por algo y tú, por nada, no haces más que gimotear como un perro apaleado.
—¡Déjame en paz.!
—Mira compañero, aquí es bueno saber con quién te juegas la jeta. Así que tú mismo.
—Mi mujer está muerta.
—¿Y...?
—La he matado yo.
—¡Hostias! Eso son palabras mayores.
—Por culpa de mi padre.
—Pues haberte cargado a tu padre.
—Mi padre hace quince años que está muerto.
—¿Cómo? ¿Y qué? Vino su fantasma y te dijo... mátala ¿No?
—Ella estaba en la habitación, con el niño... ¡Oh Dios mío. La he matado! ¡Yo la quería mucho!
—Bueno, compañero, tranquilízate, no llores y ya me lo contarás otro día.
—Llevábamos cinco meses viviendo en casa de su madre. Cuando nació nuestro hijo, todavía vivíamos en la nuestra, a ella le dio una depresión de esas que tienen las mujeres después de parir. ¡Ya sabes! Le entró un no sé qué y no quería al niño, así que tuvimos que buscar ayuda en casa de su madre.
—¿La has matado en casa de tu madre?
— No, no. Hacía dos días que habíamos regresado a la nuestra.
—Sigue.
—El viernes por la mañana, ella lo cogió. Lo hizo igual que mi padre cuando cogía a los conejos.
—Igual que a los conejos. Continúa.
—Después de darle el biberón lo dejó sobre la cama, desnudo. El niño pataleaba muy alegre. Entonces levantándolo me lo acercó para que le diera un beso en la frente y le dijera adiós, luego me dijo: Ya verás ahora, en cuanto lo arregle, se quedará muerto. Luego lo colocó sobre la sábanita y sujetándolo con una mano de los tobillos empezó a levantarlo de nuevo y es entonces cuando no me pude resistir. Me lancé sobre su garganta y apreté mucho y mucho rato, hasta que el niño empezó a llorar. Ella estaba apoyada en el borde de la cama y al retirarme resbaló y cayó al suelo Mi padre, cuando yo era pequeño, hacía lo mismo: cogía al conejo con el que yo había jugado pocos momentos antes, me lo ponía delante para que le besara la cabecita y le dijera adiós, después lo levantaba con una mano de las patas traseras y le daba un golpe en la nuca con el canto de la otra, justo detrás de las orejas. Entonces me decía: Para que aprendas, y le volvía a sacudir otro golpe antes de tirarlo al suelo. El conejo seguía un rato temblando con los ojos muy abiertos y de vez en cuando estiraba la pata... hasta que se quedaba quieto.
—Vaya marrón.
—¡Ella cogió al niño como a los conejos, igual que él!
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