sábado 19 de diciembre de 2009

El belén

de Javier Cerced

A la hora señalada, Antonio entró en la pequeña sala. Dió los buenos días a las personas que allí se encontraban y, despojándose de su abrigo, lo colocó junto a los otros en la percha del rincón. Después, se sentó en un sillón de cuero negro, con reposa brazos amplios y respaldo reclinable. Subió la manga derecha de su camisa y esperó a que la enfermera se acercara con la bacinilla donde llevaba las gasas, los esparadrapos, los goteros y las agujas.
¿Qué te pongo hoy? Le preguntó a Antonio. Antonio, con una sonrisa de chiquillo inocente le contestó: el pueblo, ponme los del pueblo. Ya sabes: las ocas, los cerdos, las ovejas con sus pastores y todos los demás.
La enfermera le limpió la zona con una gasa impregnada de alcohol. Antonio cerró los ojos y volvió la cabeza hacia el lado opuesto esperando el picotazo del gallo. Sintió un pinchazo agudo, mitad dolor mitad escozor. Ya está, dijo la enfermera. Antonio se relajó y empezó a notar cómo el riachuelo de papel de plata comenzaba a fluir hacia su vena. Poco después notó el palmear de las patas de las ocas sobre las aguas cristalinas. Primero las de las ocas grandes que se convirtieron en ondas grandes, luego las de los patitos más pequeños. Sentía cómo ondeaba la superficie del agua al paso de la comitiva. Luego llegaron los cerdos. Anárquicos, yendo de un lado para otro, sin control, todos juntos, al tropel. Golpeando con sus poderosas patas sobre el suelo. Hiriendo la tierra con sus pezuñas puntiagudas y removiéndolo todo con sus hocicos. Hasta lo más profundo de mis entrañas. Después apareció el rebaño de las ovejas, con el perro que las hacía desplazarse de forma mareante, primero hacia un lado, después hacia el otro. El pastor venía detrás, dando silbidos y llevando una cabritilla pequeña encima de los hombros. Después llegaron los leñadores, la hilandera, los alfareros con un pequeño carro tirado por un burro viejo, con sus cacharros de barro. Todos caminaban despacio, como si no tuvieran prisa, como si su tiempo estuviera previsto ya de antemano. Cada uno de ellos iba a situarse justo donde le correspondía. Las ocas en el agua, cerca de la presa de delante del molino. Los cerdos un poco más atrás, junto al bosque de musgos. Las ovejas se colocaron en las praderas que había más alejadas, al pie de las montañas de cartón. Los demás, sobre el puente, en el camino o al lado de él.
Entonces, cuando todos estuvieron ya en sus sitios apareció el ángel. ¡Antonio!, sintió que le llamaban. Chisss, susurró Antonio. ¡Antonio!, volvió a escuchar otra vez mientras alguien le daba unos golpecitos en el hombro desde afuera. ¡El ángel! Dijo Antonio ¡Viene el ángel! Y al abrir los ojos apareció la cara de la enfermera delante de él. Ya hemos terminado Antonio. Le dijo, y continuó: ¿Qué tal te encuentras? Bien, dijo Antonio, empezaba a ver la estrella. Presiona fuerte aquí, le dijo la enfermera colocándole uno de sus dedos de la mano izquierda sobre un montoncito de algodón encima de su brazo derecho. Ya está. ¿El próximo día... los reyes? Antonio no contestó. Siguió apretando sobre el algodón hasta que la salita quedó vacía, luego, bajándose la manga de la camisa y colocándose el abrigo, recorrió los pasillos solitarios y salió al frío de aquella mañana de diciembre.


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