de Javier Cerced
Cuando Tesa estuvo a unos dos centímetros de la ranura se posicionó verticalmente. Luego, avanzando con decisión, fue removiendo los pivotes de la cerradura, uno a uno, hasta que todos estuvieron alineados. Seguidamente, con un leve movimiento de rotación dejó libre la puerta, y dio paso a la persona que la guiaba. Un minuto después descansaba oscilante en el armario llavero de la entrada de aquella casa, junto a la otra llave.
La espera no fue muy larga y en cuanto las sombras se hicieron dueñas del lugar y las dos pudieron sentir el baño de las alternantes luces rosas y verdes neón que se filtraban a través del cristal de la galería, se dejaron llevar y el tintineo de su diálogo, tímido al principio, se fue haciendo cada vez más animado.
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Has visto el ajetreo que ha comenzado en la casa?
—Sí, Jewel.
—¿Tú crees que ya estamos otra vez en las mismas?
—Creo que sí, Jewel.
—¿Nos separarán otra vez?
—Eso me temo.
—¿Y dejaremos de pasar las noches juntas como ahora?
—Supongo que sí. Pero no te preocupes. Ya sabes que se pasa pronto y volveremos a reunirnos en un santiamén. Verás como volveremos a pasar muchas noches tal como lo hacemos ahora, contándonos nuestras andanzas: Yo de aquí para allá. De la casa a la oficina. Luego de visitas a enseñar los pisos a los clientes. Y de viaje en el asiento del copiloto del coche. De reuniones. De cenas en casa de esa nueva mujer.
Tú también me contarás tus viajes; irás a llevar los niños al colegio. A la clase de aeróbic. Al sitio ese de los muertos, con los polvos, los pinceles y los pinturetes. Al café con las amigas...
—Sí pero nos volveremos a separar como hacemos cada año y yo no quiero estar sola, abandonada en el fondo de esa tetera, en el interior del armario de la vecina del segundo C.
—No te preocupes Jewel, también yo voy a estar sola en la guantera del coche. Pero aún no te habrás dado cuenta y volveremos a estar otra vez juntas de nuevo.
—¿Y seguiremos con nuestras tareas?... ¿Abriremos puertas otra vez?
—Claro que sí.
—Y, aparte de abrir puertas ¿también abriremos más cosas?
—Naturalmente.
—Abriremos, como si dijéramos... otros mundos.
—Otros mundos abriremos, sí.
—Y nuevas maneras de ver las cosas.
—Claro, de conocer otros lugares, otras experiencias, otras formas de ver la vida.
—Y también cerraremos.
—Sí Jewel, sí, también cerraremos, pero cállate ya y espera a que se pasen estos días de vacaciones.
—...
—...
—Tesa.
—...
—¡Tesa!
—¿Siiií?
—¿A ti se te pican los dientes?
—No, ¿Por qué?
—Creo que a mí se me ha picado uno.
—¿Y te atascas?
—No.
—Pues entonces no te preocupes, ya te acostumbrarás.
—Oye Tesa.
—Diiime Jewel.
—¿Tú ves muchas cosas a través de tu ojo de cerradura?
—Sí Jewel.
—¿Me las cuentas?
—No Jewel. Precisamente ese es tu cometido: guardar secretos, encerrar las cosas para que nadie las conozca. Ocultar.
—...
—...
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Y eso que dicen de los orzuelos?
—¿Qué?
—Nada, nada, ya me callo.
Cuando Tesa estuvo a unos dos centímetros de la ranura se posicionó verticalmente. Luego, avanzando con decisión, fue removiendo los pivotes de la cerradura, uno a uno, hasta que todos estuvieron alineados. Seguidamente, con un leve movimiento de rotación dejó libre la puerta, y dio paso a la persona que la guiaba. Un minuto después descansaba oscilante en el armario llavero de la entrada de aquella casa, junto a la otra llave.La espera no fue muy larga y en cuanto las sombras se hicieron dueñas del lugar y las dos pudieron sentir el baño de las alternantes luces rosas y verdes neón que se filtraban a través del cristal de la galería, se dejaron llevar y el tintineo de su diálogo, tímido al principio, se fue haciendo cada vez más animado.
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Has visto el ajetreo que ha comenzado en la casa?
—Sí, Jewel.
—¿Tú crees que ya estamos otra vez en las mismas?
—Creo que sí, Jewel.
—¿Nos separarán otra vez?
—Eso me temo.
—¿Y dejaremos de pasar las noches juntas como ahora?
—Supongo que sí. Pero no te preocupes. Ya sabes que se pasa pronto y volveremos a reunirnos en un santiamén. Verás como volveremos a pasar muchas noches tal como lo hacemos ahora, contándonos nuestras andanzas: Yo de aquí para allá. De la casa a la oficina. Luego de visitas a enseñar los pisos a los clientes. Y de viaje en el asiento del copiloto del coche. De reuniones. De cenas en casa de esa nueva mujer.
Tú también me contarás tus viajes; irás a llevar los niños al colegio. A la clase de aeróbic. Al sitio ese de los muertos, con los polvos, los pinceles y los pinturetes. Al café con las amigas...
—Sí pero nos volveremos a separar como hacemos cada año y yo no quiero estar sola, abandonada en el fondo de esa tetera, en el interior del armario de la vecina del segundo C.
—No te preocupes Jewel, también yo voy a estar sola en la guantera del coche. Pero aún no te habrás dado cuenta y volveremos a estar otra vez juntas de nuevo.
—¿Y seguiremos con nuestras tareas?... ¿Abriremos puertas otra vez?
—Claro que sí.
—Y, aparte de abrir puertas ¿también abriremos más cosas?
—Naturalmente.
—Abriremos, como si dijéramos... otros mundos.
—Otros mundos abriremos, sí.
—Y nuevas maneras de ver las cosas.
—Claro, de conocer otros lugares, otras experiencias, otras formas de ver la vida.
—Y también cerraremos.
—Sí Jewel, sí, también cerraremos, pero cállate ya y espera a que se pasen estos días de vacaciones.
—...
—...
—Tesa.
—...
—¡Tesa!
—¿Siiií?
—¿A ti se te pican los dientes?
—No, ¿Por qué?
—Creo que a mí se me ha picado uno.
—¿Y te atascas?
—No.
—Pues entonces no te preocupes, ya te acostumbrarás.
—Oye Tesa.
—Diiime Jewel.
—¿Tú ves muchas cosas a través de tu ojo de cerradura?
—Sí Jewel.
—¿Me las cuentas?
—No Jewel. Precisamente ese es tu cometido: guardar secretos, encerrar las cosas para que nadie las conozca. Ocultar.
—...
—...
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Y eso que dicen de los orzuelos?
—¿Qué?
—Nada, nada, ya me callo.
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