miércoles, 7 de abril de 2010

Hay carta para Amalia

de Javier Cerced



Cuando en el reloj dieron las siete de la tarde. Amalia retiró la manta que abrigaba sus piernas, se levantó del sofá, caminó hasta la televisión y la apagó. Un leve susurro producido por el vaivén de las pesas del antiguo reloj de pared quedó flotando en el aire.
Amalia se sentó en la pequeña mesa camilla que había junto al balcón, tomó de una alacena una caja de zapatos en la que guardaba papel y sobres y comenzó a escribir una carta. Cuando terminara iría a la plaza y la depositaría en el buzón, regresaría a casa, tomaría una sopa caliente y se metería en la cama. Su vida era sencilla, disfrutaba de los rincones de aquel pueblo y de la rutina de cada uno de sus habitantes. Había escogido aquel lugar escondido entre las montañas de Aragón por sus paisajes, las calles empedradas y el olor a horno que se respiraba nada más cruzar el puente que separaba el riachuelo de la carretera que ascendía hacia el collado.


A la mañana siguiente, Amalia permanecía asomada a la calle desde el balcón. Sus manos agarraban firmemente la negra barandilla. Unas finas gafas colgaban de un cordoncillo sobre su frágil pecho inclinado y tiraban de él hacia el pavimento. Llevaba el pelo estirado hacia atrás formando, como contrapeso, un moño cenizoso. Miraba con ansiedad hacia el fondo de la pendiente. Su casa estaba situada en la parte alta de la calle. Como cada jueves esperaba a que apareciera Mariano con su gorra amarilla y su enorme cartera colgando de la espalda. Cuando lo divisaba bajaba nerviosa las escaleras, abría la puerta de la calle y esperaba a que él terminara de zigzaguear por la pendiente, entre los portales de las demás casas, y le entregara la carta. Ella la tomaba con delicadeza, como si de un tesoro se tratara, la besaba y subía con ella hasta la habitación del balcón. Allí la guardaba, sin abrir siquiera el sobre, dentro de una caja de zapatos en cuyo lateral una etiqueta rectangular advertía: termómetros. Luego se le veía ir y venir a través de los cristales del balcón riendo y canturreando alguna canción de estribillo pegadizo.

En el pueblo se sabía poco de Amalia: que tuvo un marido que murió poco antes de que ella llegara y se instalara allí doce años atrás. Que no había tenido hijos. Que era de pocas amistades y que había hecho un viaje de varias semanas a la capital del que vino muy desmejorada. Fue a partir de aquel viaje cuando aparecieron las primeras flechas en las esquinas y el cartero comenzó a traerle aquellas cartas que tanto dieron que hablar pero que con el paso del tiempo también fueron olvidadas. Amalia salía poco de casa. Comprar el pan, la leche, dar algunos paseos por el camino de la ermita, llegarse a la tienda de ultramarinos de Miguel donde se proveía de lo necesario para los días siguientes. Ni siquiera iba a misa los domingos.

Un jueves Amalia no recibió su carta acostumbrada. Esperó al cartero como hacía siempre pero este pasó de largo. Ella no dijo nada, ni siquiera le preguntó a Mariano. Simplemente desapareció dentro de la casa cerrando la puerta tras de sí. Unos días después Mariano tuvo que llamar a su puerta para entregarle el sobre. Las cartas cada vez aparecían más dispersas: había semanas que no llegaba ninguna y otras, en cambio, recibía varias seguidas. Un par de meses después dejaron de venir.

Al poco tiempo la casa empezó a evidenciar los primeros síntomas de cierta soledad. Primero fueron los visillos, ocultando a todas horas el interior de la casa, luego dejó de salir el humo por la chimenea, después aparecieron secas las plantas de las macetas.

Hacía varias semanas que Joaquina, la que vivía al lado de la droguería, vio a Amalia caminar cerca de la carretera que cruzaba por el final del pueblo, gesticulando con sus manos y hablando sola. Desde entonces no se supo nada más de ella. Cuando los vecinos la echaron en falta avisaron al alcalde. No se le conocía familia alguna y al preguntar por ella en la tienda de Miguel contestó que hacía días que no la había sentido por allí y que la última vez que pasó sólo se llevó, cosa rara, un paquete de tizas. Se decidió entonces abrir la puerta de la casa en caso de que no contestara y así lo hicieron después de aporrearla repetidas veces.

La encontraron sentada en su sillón de mimbre, detrás de la ventana cerrada del balcón que daba a la calle, las piernas debajo de la mesa camilla, tapadas con sus faldas y el brasero apagado. Entre las manos sostenía un pequeño collar de cuentas, parecía dormida pero estaba muerta. La casa aparecía salpicada de frases escritas sobre los muebles y las paredes como: “desayunar primero”, “¿el fuego está apagado?”, “escuchar el ruido del agua”, “vigilar el brasero”, “coger la llave”.

La acostaron en su cama e intentaron avisar a algún familiar cercano pero nadie conocía a ninguno. Se sabía tan poco de aquella mujer... Alguien recordó que recibía cartas así que en ellas debía de haber alguna dirección. Las encontraron en la alacena, en el lugar donde las guardaba Amalia. Ninguna tenía remitente y todas estaban cerradas. Abrieron algunas y en todas ellas leyeron casi el mismo mensaje:

Hoy sigo siendo feliz, me llamo Amalia, son las siete de la tarde, es miércoles veintisiete de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro y escribo esta carta para comprobar que aún no me he olvidado de mí misma.

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