por Javier Cerced

—¿Así que lo han destripado? —dijo el taxidermista, mientras sus ojos investigaban mi rostro en busca de cualquier mueca delatora. Luego dejó de sacarle las tripas al pequeño cervatillo que tenía encima de la mesa, caminó hasta una gran pila de cemento que había al fondo del taller y se lavó las manos. Después abrió el último cajón de la derecha de una especie de librería-muestrario en la que se divisaban, a través de los cristales de la parte superior, multitud de patas de aves. Algunas pequeñas que podrían pertenecer a gorriones, a jilgueros, o a mirlos; otras grandes, con fuertes garras como de las águilas, los buitres o los halcones, y extrajo una caja no más grande que un paquete de tabaco.
—La guardaba para usted. —dijo mientras la depositaba encima de la mesa y la empujaba hacia mí.

—¿Así que lo han destripado? —dijo el taxidermista, mientras sus ojos investigaban mi rostro en busca de cualquier mueca delatora. Luego dejó de sacarle las tripas al pequeño cervatillo que tenía encima de la mesa, caminó hasta una gran pila de cemento que había al fondo del taller y se lavó las manos. Después abrió el último cajón de la derecha de una especie de librería-muestrario en la que se divisaban, a través de los cristales de la parte superior, multitud de patas de aves. Algunas pequeñas que podrían pertenecer a gorriones, a jilgueros, o a mirlos; otras grandes, con fuertes garras como de las águilas, los buitres o los halcones, y extrajo una caja no más grande que un paquete de tabaco.
—La guardaba para usted. —dijo mientras la depositaba encima de la mesa y la empujaba hacia mí.
* * *
Cuando vi el número de la residencia en la pantalla de mi móvil no me resultó extraño. Hacía varias semanas que nuestro padre no estaba bien, respiraba con mucha dificultad y eran muchos años los que aguantaba encima, así que cuando me dieron la noticia de su muerte, casi me la esperaba.
La secretaria comentó que había ejecutado las órdenes tal como él las había dejado escritas: esperar al menos un día antes de llamar a sus tres hijos: primero al mayor, una hora después al mediano y luego, una hora más tarde, al menor.
Cuando llegué ya estaba allí mi hermano Julián y Antón vino luego. Hacía bastante que no nos veíamos los tres juntos, unas antiguas rencillas nos habían separado, pero me alegré de verles.
La enfermera nos dijo que el cadáver estaba ya en el tanatorio y que, según estaba dispuesto, sería enterrado aquella misma tarde. Asistimos al funeral de nuestro padre y con el ánimo sobrecogido todavía, volvimos a la residencia donde había pasado sus últimos años.
La directora nos dio el pésame y nos condujo a la habitación que ocupaba para que nos hiciéramos cargo de sus bienes: Varios abrigos, mudas, cuatro pares de zapatos, las zapatillas; la máquina de afeitar y una loción de aromas añejos; una foto de una señora desconocida, un reloj despertador, una maleta; una cartera con el carné, la cartilla del seguro, varias tarjetas de visita, un sello de 0,35 euros; un anillo, un reloj de pulsera y tres ejemplares iguales de una antología de cuentos de terror.
Aquellos libros me trajeron recuerdos de mi niñez, los tres nos peleábamos por aquel tesoro lleno de historias que nos ponían la piel de gallina cuando nuestro padre terminaba de relatarnos alguna de ellas, así que debió de pensar que, a su muerte, volveríamos a pelearnos de nuevo y se ocupó de que cada uno de nosotros recibiera el suyo.
Eso era todo. Lo recogimos y llenamos la maleta con los enseres personales. Dejamos la ropa allí, por si alguien pudiera necesitarla, y salimos de la habitación hacia la recepción con intención de despedirnos de la directora y del personal de la residencia.
Modesta, una de las residentes, nos dijo que le había querido mucho. Ramón, que no le guardaba rencor por lo del pan. Asunta nos preguntó si sabíamos las cosas que le decía a ella. La directora, con una sonrisa cómplice les dijo que sí, que nosotros ya estábamos informados de todo eso y los mandó hacia el salón de la televisión, luego nos deseó ánimo y nos pidió que rezáramos por él. Cuando ya salíamos por la puerta alguien dijo: Se dejan el pez.
El pez era eso, un pez disecado que permanecía en una vitrina de cristal en el salón de la televisión con una plaquita de bronce en la que podía leerse:
PRIMER PREMIO
CONCURSO DE PESCA CON CUCHARILLA
LOZOYA
1962
No se sabía con exactitud a qué especie pertenecía . Estaba disecado y descansaba sobre dos pequeños soportes. Era grande, muy grande, casi de un metro y medio de largo.
—¿Recordáis las veces que contaba la historia de cómo lo pescó? Al terminar siempre añadía que era capaz de pescar cualquier cosa que se propusiese. —comenté sin dejar de mirar aquel ejemplar acartonado dentro de la vitrina.
—A partir de ese día todos los del coto le saludaron con admiración —continuó nuestro hermano menor.
Los tres miramos al pez y asentimos con la cabeza.
—¿Y qué hacemos con él?
—Yo no lo quiero.
—Yo tampoco.
—A mí no me lo endoséis, ¿eh?. —dijo Julián que en aquel momento se dio cuenta de que nuestras miradas apuntaban hacia él.
—Podríamos tenerlo por meses —solté sin pensar lo más mínimo en lo que estaba diciendo.
—Si no hay más remedio... —contestó alguien.
Y así lo hicimos. Julián se encargó de tenerlo los dos primeros meses. Después seguiríamos pasándonoslo en orden, como si fuera una virgen de esas que están metidas en una capillita de madera y llevan debajo un cajoncito para que le eches unas monedas
Casi dos meses más tarde, al pensar que llegaba el día en que tenía que ocuparme del pez, me vino a la cabeza aquella antología de mi padre, la tomé y al pasar las hojas cayó una nota manuscrita en la que señalaba que el pez guardaba un secreto escondido. Lo primero que me vino a la cabeza fue el dinero que nunca nos había dado, después que había sido muy afortunado porque el azar había querido que me correspondiera a mí aquel tomo en el que se hallaba la nota y por último, que tal vez mi padre podría haber colocado una nota igual en cada uno de los tomos.
Aún me quedaban cinco días para que el pez llegara a mis manos así que empecé a fantasear y urdir un plan para averiguar a qué secreto se refería en esa nota y cómo podría conseguirlo. Naturalmente rezaba para que no aparecieran más notas y se me adelantara alguno de mis hermanos.
Cuando llegó el día del traspaso ya no pude más: inventé que tenía una visita de trabajo cerca de la casa donde vivía mi hermano mayor y a medio día pasé a buscar el pez alegando que así le ahorraba un viaje.
Mi hermano Julián, sorprendido, me dijo que lo tenía Antón desde hacía varias horas. Que había ido a buscarlo, contando con mi permiso, argumentando que echaba de menos a nuestro padre y necesitaba el pez para consolarse. Ni qué decir tiene que no perdí el tiempo y fui en busca de mi hermano menor.
Después de un par de cientos de kilómetros, al llegar a su casa, observé que todo estaba oscuro y en silencio. La puerta de entrada estaba cerrada, di la vuelta por el jardín y pude observar una luz que provenía del sótano por una de las ventanas que había a ras de tierra. Me acerqué a ella y sobre una mesa vi algo que me sobrecogió: el enorme pez que irradiaba, desde su interior, una luz verdosa de gran intensidad.
Llamé a mi hermano por su nombre y el pez se apagó. Volví a llamarlo y entonces oí su voz que contestaba y la puerta de entrada que chirriaba sobre sus goznes. Se resistió varias veces a entregarme el pez por un no sé qué de remordimientos y recuerdos. Pero yo me mantuve firme, según las reglas de nuestro padre, después del mayor iba el mediano y me tocaba tenerlo a mí y así debía ser.
Al llegar a casa abrí con mucho cuidado la urna y observé con atención cualquier indicio extraño que delatara una alteración en el cuerpo del pez. Lo miré desde todos los puntos de vista que me pude imaginar. Como no encontré absolutamente nada pensé que tal vez si le hacía una radiografía se descubriría el lugar exacto en donde podría hallarse aquel secreto. El radiólogo me enseñó la placa donde se observaba una gran raspa con muchas espinas y un pequeño óvalo que coincidía en el nacimiento de una de sus aletas dorsales.
Me comentó que en a aquel pez ya le había hecho una radiografía anteriormente, así que después de recuperarme del estupor de aquella noticia volvimos a mirarla y me dijo que, en la anterior, no salía aquel óvalo, así que volvimos a observar esa parte con más atención y una gran lupa y llegamos a la conclusión de que aquella aleta había sido rota y reparada con algún producto que, ahora, delataba la radiografía. El radiólogo insistió que hacía casi dos meses que había realizado la radiografía al mismo pez y que en aquel momento no salía esa mancha por lo que no tenía la aleta rota y reparada. También señaló que la boca estaba laxa y ya no se mantenía cerrada como antes, parecía como si la hubieran forzado e intentado meter por ella algún objeto con fines desconocidos.
Después de varios días de cavilaciones decidí que lo mejor era volver a reunirme con mis hermanos y revelar la existencia de la nota manuscrita. Julián no habló ni de la aleta ni de la radiografía y Antón tampoco de su pez luminoso, así que yo tampoco mencioné nada. Llegamos a la conclusión de que lo mejor era destripar al bicho y así matábamos dos peces de un tiro: nos libraríamos de él y encontraríamos lo que encerraba en su interior.
Dada la simbiosis alcanzada entre nuestro padre y el pez, Antón propuso ir a un sitio que no tuviera ninguna relación familiar con nuestro pasado, que fuera discreto, lejos del alcance de las miradas ajenas y más lejos todavía de nuestras conciencias: un hotel. Él había estado en uno y su lavabo de mármol era bastante largo y contaba con una muy buena iluminación. Aquel sitio nos podía servir como mesa de operaciones.
Tomamos una habitación con un nombre ficticio. Pusimos al pez sobre un gran plástico y provistos de mascarillas y guantes de goma comenzamos a examinarlo habiendo rezado antes una oración para que nuestro padre, donde quiera que se encontrara, no tuviera en cuenta la irreverencia que estábamos a punto de realizar.
Como estaba previsto según el orden que había determinado mi padre, Julián cortaba un trocito con un cutter, lo observaba y me lo pasaba a mí, yo lo miraba con detenimiento y se lo pasaba a Antón quien volvía a examinarlo y dejaba después en una gran bolsa de basura. Tras varias horas y tan sólo al llegar a la cola encontramos un pequeño rectángulo de plástico en el que había grabado un número. Los tres coincidimos que ese numero podría ser el de un teléfono. Llamamos y una voz respondió:
“Taxidermia Álvarez, dígame... “
Ahí terminó todo. Recogimos la bolsa y el plástico, limpiamos el lavabo y salimos del hotel, cada uno a su vida anterior. Acababa de escurrirse entre la basura y el desagüe la herencia de nuestro padre. La nota que había dejado dentro de la antología parecía que no significaba nada.
Tres días después todavía no se me había quitado de la cabeza el tema del tesoro y seguía pensando en aquel número. Volví a marcarlo y la voz volvió a decirme lo mismo. Me identifiqué y solicité una cita que me fue concedida para el día siguiente.
—¿Así que han destripado al pez? —dijo el taxidermista mientras sus ojos investigaban en mi rostro cualquier mueca delatora—. Su padre me dejó instrucciones muy precisas para el caso de que llegara este momento.
Y diciendo esto puso la cajita encima de la mesa y continuó:
—Este paquete es para usted. Ha sido el primero en venir y por lo tanto a usted le corresponde.
La emoción agarrotó por unos momentos mi cuerpo. El tesoro de mi padre iba a ser mío, sólo mío. Abrí la caja con desasosiego y encontré un envoltorio de piel oscura y suave.
Abrí el envoltorio y allí estaba el anzuelo de cucharilla con el que mi padre había sido campeón de Lozoya.
Cuando vi el número de la residencia en la pantalla de mi móvil no me resultó extraño. Hacía varias semanas que nuestro padre no estaba bien, respiraba con mucha dificultad y eran muchos años los que aguantaba encima, así que cuando me dieron la noticia de su muerte, casi me la esperaba.
La secretaria comentó que había ejecutado las órdenes tal como él las había dejado escritas: esperar al menos un día antes de llamar a sus tres hijos: primero al mayor, una hora después al mediano y luego, una hora más tarde, al menor.
Cuando llegué ya estaba allí mi hermano Julián y Antón vino luego. Hacía bastante que no nos veíamos los tres juntos, unas antiguas rencillas nos habían separado, pero me alegré de verles.
La enfermera nos dijo que el cadáver estaba ya en el tanatorio y que, según estaba dispuesto, sería enterrado aquella misma tarde. Asistimos al funeral de nuestro padre y con el ánimo sobrecogido todavía, volvimos a la residencia donde había pasado sus últimos años.
La directora nos dio el pésame y nos condujo a la habitación que ocupaba para que nos hiciéramos cargo de sus bienes: Varios abrigos, mudas, cuatro pares de zapatos, las zapatillas; la máquina de afeitar y una loción de aromas añejos; una foto de una señora desconocida, un reloj despertador, una maleta; una cartera con el carné, la cartilla del seguro, varias tarjetas de visita, un sello de 0,35 euros; un anillo, un reloj de pulsera y tres ejemplares iguales de una antología de cuentos de terror.
Aquellos libros me trajeron recuerdos de mi niñez, los tres nos peleábamos por aquel tesoro lleno de historias que nos ponían la piel de gallina cuando nuestro padre terminaba de relatarnos alguna de ellas, así que debió de pensar que, a su muerte, volveríamos a pelearnos de nuevo y se ocupó de que cada uno de nosotros recibiera el suyo.
Eso era todo. Lo recogimos y llenamos la maleta con los enseres personales. Dejamos la ropa allí, por si alguien pudiera necesitarla, y salimos de la habitación hacia la recepción con intención de despedirnos de la directora y del personal de la residencia.
Modesta, una de las residentes, nos dijo que le había querido mucho. Ramón, que no le guardaba rencor por lo del pan. Asunta nos preguntó si sabíamos las cosas que le decía a ella. La directora, con una sonrisa cómplice les dijo que sí, que nosotros ya estábamos informados de todo eso y los mandó hacia el salón de la televisión, luego nos deseó ánimo y nos pidió que rezáramos por él. Cuando ya salíamos por la puerta alguien dijo: Se dejan el pez.
El pez era eso, un pez disecado que permanecía en una vitrina de cristal en el salón de la televisión con una plaquita de bronce en la que podía leerse:
PRIMER PREMIO
CONCURSO DE PESCA CON CUCHARILLA
LOZOYA
1962
No se sabía con exactitud a qué especie pertenecía . Estaba disecado y descansaba sobre dos pequeños soportes. Era grande, muy grande, casi de un metro y medio de largo.
—¿Recordáis las veces que contaba la historia de cómo lo pescó? Al terminar siempre añadía que era capaz de pescar cualquier cosa que se propusiese. —comenté sin dejar de mirar aquel ejemplar acartonado dentro de la vitrina.
—A partir de ese día todos los del coto le saludaron con admiración —continuó nuestro hermano menor.
Los tres miramos al pez y asentimos con la cabeza.
—¿Y qué hacemos con él?
—Yo no lo quiero.
—Yo tampoco.
—A mí no me lo endoséis, ¿eh?. —dijo Julián que en aquel momento se dio cuenta de que nuestras miradas apuntaban hacia él.
—Podríamos tenerlo por meses —solté sin pensar lo más mínimo en lo que estaba diciendo.
—Si no hay más remedio... —contestó alguien.
Y así lo hicimos. Julián se encargó de tenerlo los dos primeros meses. Después seguiríamos pasándonoslo en orden, como si fuera una virgen de esas que están metidas en una capillita de madera y llevan debajo un cajoncito para que le eches unas monedas
Casi dos meses más tarde, al pensar que llegaba el día en que tenía que ocuparme del pez, me vino a la cabeza aquella antología de mi padre, la tomé y al pasar las hojas cayó una nota manuscrita en la que señalaba que el pez guardaba un secreto escondido. Lo primero que me vino a la cabeza fue el dinero que nunca nos había dado, después que había sido muy afortunado porque el azar había querido que me correspondiera a mí aquel tomo en el que se hallaba la nota y por último, que tal vez mi padre podría haber colocado una nota igual en cada uno de los tomos.
Aún me quedaban cinco días para que el pez llegara a mis manos así que empecé a fantasear y urdir un plan para averiguar a qué secreto se refería en esa nota y cómo podría conseguirlo. Naturalmente rezaba para que no aparecieran más notas y se me adelantara alguno de mis hermanos.
Cuando llegó el día del traspaso ya no pude más: inventé que tenía una visita de trabajo cerca de la casa donde vivía mi hermano mayor y a medio día pasé a buscar el pez alegando que así le ahorraba un viaje.
Mi hermano Julián, sorprendido, me dijo que lo tenía Antón desde hacía varias horas. Que había ido a buscarlo, contando con mi permiso, argumentando que echaba de menos a nuestro padre y necesitaba el pez para consolarse. Ni qué decir tiene que no perdí el tiempo y fui en busca de mi hermano menor.
Después de un par de cientos de kilómetros, al llegar a su casa, observé que todo estaba oscuro y en silencio. La puerta de entrada estaba cerrada, di la vuelta por el jardín y pude observar una luz que provenía del sótano por una de las ventanas que había a ras de tierra. Me acerqué a ella y sobre una mesa vi algo que me sobrecogió: el enorme pez que irradiaba, desde su interior, una luz verdosa de gran intensidad.
Llamé a mi hermano por su nombre y el pez se apagó. Volví a llamarlo y entonces oí su voz que contestaba y la puerta de entrada que chirriaba sobre sus goznes. Se resistió varias veces a entregarme el pez por un no sé qué de remordimientos y recuerdos. Pero yo me mantuve firme, según las reglas de nuestro padre, después del mayor iba el mediano y me tocaba tenerlo a mí y así debía ser.
Al llegar a casa abrí con mucho cuidado la urna y observé con atención cualquier indicio extraño que delatara una alteración en el cuerpo del pez. Lo miré desde todos los puntos de vista que me pude imaginar. Como no encontré absolutamente nada pensé que tal vez si le hacía una radiografía se descubriría el lugar exacto en donde podría hallarse aquel secreto. El radiólogo me enseñó la placa donde se observaba una gran raspa con muchas espinas y un pequeño óvalo que coincidía en el nacimiento de una de sus aletas dorsales.
Me comentó que en a aquel pez ya le había hecho una radiografía anteriormente, así que después de recuperarme del estupor de aquella noticia volvimos a mirarla y me dijo que, en la anterior, no salía aquel óvalo, así que volvimos a observar esa parte con más atención y una gran lupa y llegamos a la conclusión de que aquella aleta había sido rota y reparada con algún producto que, ahora, delataba la radiografía. El radiólogo insistió que hacía casi dos meses que había realizado la radiografía al mismo pez y que en aquel momento no salía esa mancha por lo que no tenía la aleta rota y reparada. También señaló que la boca estaba laxa y ya no se mantenía cerrada como antes, parecía como si la hubieran forzado e intentado meter por ella algún objeto con fines desconocidos.
Después de varios días de cavilaciones decidí que lo mejor era volver a reunirme con mis hermanos y revelar la existencia de la nota manuscrita. Julián no habló ni de la aleta ni de la radiografía y Antón tampoco de su pez luminoso, así que yo tampoco mencioné nada. Llegamos a la conclusión de que lo mejor era destripar al bicho y así matábamos dos peces de un tiro: nos libraríamos de él y encontraríamos lo que encerraba en su interior.
Dada la simbiosis alcanzada entre nuestro padre y el pez, Antón propuso ir a un sitio que no tuviera ninguna relación familiar con nuestro pasado, que fuera discreto, lejos del alcance de las miradas ajenas y más lejos todavía de nuestras conciencias: un hotel. Él había estado en uno y su lavabo de mármol era bastante largo y contaba con una muy buena iluminación. Aquel sitio nos podía servir como mesa de operaciones.
Tomamos una habitación con un nombre ficticio. Pusimos al pez sobre un gran plástico y provistos de mascarillas y guantes de goma comenzamos a examinarlo habiendo rezado antes una oración para que nuestro padre, donde quiera que se encontrara, no tuviera en cuenta la irreverencia que estábamos a punto de realizar.
Como estaba previsto según el orden que había determinado mi padre, Julián cortaba un trocito con un cutter, lo observaba y me lo pasaba a mí, yo lo miraba con detenimiento y se lo pasaba a Antón quien volvía a examinarlo y dejaba después en una gran bolsa de basura. Tras varias horas y tan sólo al llegar a la cola encontramos un pequeño rectángulo de plástico en el que había grabado un número. Los tres coincidimos que ese numero podría ser el de un teléfono. Llamamos y una voz respondió:
“Taxidermia Álvarez, dígame... “
Ahí terminó todo. Recogimos la bolsa y el plástico, limpiamos el lavabo y salimos del hotel, cada uno a su vida anterior. Acababa de escurrirse entre la basura y el desagüe la herencia de nuestro padre. La nota que había dejado dentro de la antología parecía que no significaba nada.
Tres días después todavía no se me había quitado de la cabeza el tema del tesoro y seguía pensando en aquel número. Volví a marcarlo y la voz volvió a decirme lo mismo. Me identifiqué y solicité una cita que me fue concedida para el día siguiente.
—¿Así que han destripado al pez? —dijo el taxidermista mientras sus ojos investigaban en mi rostro cualquier mueca delatora—. Su padre me dejó instrucciones muy precisas para el caso de que llegara este momento.
Y diciendo esto puso la cajita encima de la mesa y continuó:
—Este paquete es para usted. Ha sido el primero en venir y por lo tanto a usted le corresponde.
La emoción agarrotó por unos momentos mi cuerpo. El tesoro de mi padre iba a ser mío, sólo mío. Abrí la caja con desasosiego y encontré un envoltorio de piel oscura y suave.
Abrí el envoltorio y allí estaba el anzuelo de cucharilla con el que mi padre había sido campeón de Lozoya.

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