miércoles 16 de noviembre de 2011
Sueños de papel 3
Ya pueden visualizarlo los que no lo hayan hecho.
Javier Cerced
martes 26 de abril de 2011
La Herencia

—¿Así que lo han destripado? —dijo el taxidermista, mientras sus ojos investigaban mi rostro en busca de cualquier mueca delatora. Luego dejó de sacarle las tripas al pequeño cervatillo que tenía encima de la mesa, caminó hasta una gran pila de cemento que había al fondo del taller y se lavó las manos. Después abrió el último cajón de la derecha de una especie de librería-muestrario en la que se divisaban, a través de los cristales de la parte superior, multitud de patas de aves. Algunas pequeñas que podrían pertenecer a gorriones, a jilgueros, o a mirlos; otras grandes, con fuertes garras como de las águilas, los buitres o los halcones, y extrajo una caja no más grande que un paquete de tabaco.
—La guardaba para usted. —dijo mientras la depositaba encima de la mesa y la empujaba hacia mí.
Cuando vi el número de la residencia en la pantalla de mi móvil no me resultó extraño. Hacía varias semanas que nuestro padre no estaba bien, respiraba con mucha dificultad y eran muchos años los que aguantaba encima, así que cuando me dieron la noticia de su muerte, casi me la esperaba.
La secretaria comentó que había ejecutado las órdenes tal como él las había dejado escritas: esperar al menos un día antes de llamar a sus tres hijos: primero al mayor, una hora después al mediano y luego, una hora más tarde, al menor.
Cuando llegué ya estaba allí mi hermano Julián y Antón vino luego. Hacía bastante que no nos veíamos los tres juntos, unas antiguas rencillas nos habían separado, pero me alegré de verles.
La enfermera nos dijo que el cadáver estaba ya en el tanatorio y que, según estaba dispuesto, sería enterrado aquella misma tarde. Asistimos al funeral de nuestro padre y con el ánimo sobrecogido todavía, volvimos a la residencia donde había pasado sus últimos años.
La directora nos dio el pésame y nos condujo a la habitación que ocupaba para que nos hiciéramos cargo de sus bienes: Varios abrigos, mudas, cuatro pares de zapatos, las zapatillas; la máquina de afeitar y una loción de aromas añejos; una foto de una señora desconocida, un reloj despertador, una maleta; una cartera con el carné, la cartilla del seguro, varias tarjetas de visita, un sello de 0,35 euros; un anillo, un reloj de pulsera y tres ejemplares iguales de una antología de cuentos de terror.
Aquellos libros me trajeron recuerdos de mi niñez, los tres nos peleábamos por aquel tesoro lleno de historias que nos ponían la piel de gallina cuando nuestro padre terminaba de relatarnos alguna de ellas, así que debió de pensar que, a su muerte, volveríamos a pelearnos de nuevo y se ocupó de que cada uno de nosotros recibiera el suyo.
Eso era todo. Lo recogimos y llenamos la maleta con los enseres personales. Dejamos la ropa allí, por si alguien pudiera necesitarla, y salimos de la habitación hacia la recepción con intención de despedirnos de la directora y del personal de la residencia.
Modesta, una de las residentes, nos dijo que le había querido mucho. Ramón, que no le guardaba rencor por lo del pan. Asunta nos preguntó si sabíamos las cosas que le decía a ella. La directora, con una sonrisa cómplice les dijo que sí, que nosotros ya estábamos informados de todo eso y los mandó hacia el salón de la televisión, luego nos deseó ánimo y nos pidió que rezáramos por él. Cuando ya salíamos por la puerta alguien dijo: Se dejan el pez.
El pez era eso, un pez disecado que permanecía en una vitrina de cristal en el salón de la televisión con una plaquita de bronce en la que podía leerse:
PRIMER PREMIO
CONCURSO DE PESCA CON CUCHARILLA
LOZOYA
1962
No se sabía con exactitud a qué especie pertenecía . Estaba disecado y descansaba sobre dos pequeños soportes. Era grande, muy grande, casi de un metro y medio de largo.
—¿Recordáis las veces que contaba la historia de cómo lo pescó? Al terminar siempre añadía que era capaz de pescar cualquier cosa que se propusiese. —comenté sin dejar de mirar aquel ejemplar acartonado dentro de la vitrina.
—A partir de ese día todos los del coto le saludaron con admiración —continuó nuestro hermano menor.
Los tres miramos al pez y asentimos con la cabeza.
—¿Y qué hacemos con él?
—Yo no lo quiero.
—Yo tampoco.
—A mí no me lo endoséis, ¿eh?. —dijo Julián que en aquel momento se dio cuenta de que nuestras miradas apuntaban hacia él.
—Podríamos tenerlo por meses —solté sin pensar lo más mínimo en lo que estaba diciendo.
—Si no hay más remedio... —contestó alguien.
Y así lo hicimos. Julián se encargó de tenerlo los dos primeros meses. Después seguiríamos pasándonoslo en orden, como si fuera una virgen de esas que están metidas en una capillita de madera y llevan debajo un cajoncito para que le eches unas monedas
Casi dos meses más tarde, al pensar que llegaba el día en que tenía que ocuparme del pez, me vino a la cabeza aquella antología de mi padre, la tomé y al pasar las hojas cayó una nota manuscrita en la que señalaba que el pez guardaba un secreto escondido. Lo primero que me vino a la cabeza fue el dinero que nunca nos había dado, después que había sido muy afortunado porque el azar había querido que me correspondiera a mí aquel tomo en el que se hallaba la nota y por último, que tal vez mi padre podría haber colocado una nota igual en cada uno de los tomos.
Aún me quedaban cinco días para que el pez llegara a mis manos así que empecé a fantasear y urdir un plan para averiguar a qué secreto se refería en esa nota y cómo podría conseguirlo. Naturalmente rezaba para que no aparecieran más notas y se me adelantara alguno de mis hermanos.
Cuando llegó el día del traspaso ya no pude más: inventé que tenía una visita de trabajo cerca de la casa donde vivía mi hermano mayor y a medio día pasé a buscar el pez alegando que así le ahorraba un viaje.
Mi hermano Julián, sorprendido, me dijo que lo tenía Antón desde hacía varias horas. Que había ido a buscarlo, contando con mi permiso, argumentando que echaba de menos a nuestro padre y necesitaba el pez para consolarse. Ni qué decir tiene que no perdí el tiempo y fui en busca de mi hermano menor.
Después de un par de cientos de kilómetros, al llegar a su casa, observé que todo estaba oscuro y en silencio. La puerta de entrada estaba cerrada, di la vuelta por el jardín y pude observar una luz que provenía del sótano por una de las ventanas que había a ras de tierra. Me acerqué a ella y sobre una mesa vi algo que me sobrecogió: el enorme pez que irradiaba, desde su interior, una luz verdosa de gran intensidad.
Llamé a mi hermano por su nombre y el pez se apagó. Volví a llamarlo y entonces oí su voz que contestaba y la puerta de entrada que chirriaba sobre sus goznes. Se resistió varias veces a entregarme el pez por un no sé qué de remordimientos y recuerdos. Pero yo me mantuve firme, según las reglas de nuestro padre, después del mayor iba el mediano y me tocaba tenerlo a mí y así debía ser.
Al llegar a casa abrí con mucho cuidado la urna y observé con atención cualquier indicio extraño que delatara una alteración en el cuerpo del pez. Lo miré desde todos los puntos de vista que me pude imaginar. Como no encontré absolutamente nada pensé que tal vez si le hacía una radiografía se descubriría el lugar exacto en donde podría hallarse aquel secreto. El radiólogo me enseñó la placa donde se observaba una gran raspa con muchas espinas y un pequeño óvalo que coincidía en el nacimiento de una de sus aletas dorsales.
Me comentó que en a aquel pez ya le había hecho una radiografía anteriormente, así que después de recuperarme del estupor de aquella noticia volvimos a mirarla y me dijo que, en la anterior, no salía aquel óvalo, así que volvimos a observar esa parte con más atención y una gran lupa y llegamos a la conclusión de que aquella aleta había sido rota y reparada con algún producto que, ahora, delataba la radiografía. El radiólogo insistió que hacía casi dos meses que había realizado la radiografía al mismo pez y que en aquel momento no salía esa mancha por lo que no tenía la aleta rota y reparada. También señaló que la boca estaba laxa y ya no se mantenía cerrada como antes, parecía como si la hubieran forzado e intentado meter por ella algún objeto con fines desconocidos.
Después de varios días de cavilaciones decidí que lo mejor era volver a reunirme con mis hermanos y revelar la existencia de la nota manuscrita. Julián no habló ni de la aleta ni de la radiografía y Antón tampoco de su pez luminoso, así que yo tampoco mencioné nada. Llegamos a la conclusión de que lo mejor era destripar al bicho y así matábamos dos peces de un tiro: nos libraríamos de él y encontraríamos lo que encerraba en su interior.
Dada la simbiosis alcanzada entre nuestro padre y el pez, Antón propuso ir a un sitio que no tuviera ninguna relación familiar con nuestro pasado, que fuera discreto, lejos del alcance de las miradas ajenas y más lejos todavía de nuestras conciencias: un hotel. Él había estado en uno y su lavabo de mármol era bastante largo y contaba con una muy buena iluminación. Aquel sitio nos podía servir como mesa de operaciones.
Tomamos una habitación con un nombre ficticio. Pusimos al pez sobre un gran plástico y provistos de mascarillas y guantes de goma comenzamos a examinarlo habiendo rezado antes una oración para que nuestro padre, donde quiera que se encontrara, no tuviera en cuenta la irreverencia que estábamos a punto de realizar.
Como estaba previsto según el orden que había determinado mi padre, Julián cortaba un trocito con un cutter, lo observaba y me lo pasaba a mí, yo lo miraba con detenimiento y se lo pasaba a Antón quien volvía a examinarlo y dejaba después en una gran bolsa de basura. Tras varias horas y tan sólo al llegar a la cola encontramos un pequeño rectángulo de plástico en el que había grabado un número. Los tres coincidimos que ese numero podría ser el de un teléfono. Llamamos y una voz respondió:
“Taxidermia Álvarez, dígame... “
Ahí terminó todo. Recogimos la bolsa y el plástico, limpiamos el lavabo y salimos del hotel, cada uno a su vida anterior. Acababa de escurrirse entre la basura y el desagüe la herencia de nuestro padre. La nota que había dejado dentro de la antología parecía que no significaba nada.
Tres días después todavía no se me había quitado de la cabeza el tema del tesoro y seguía pensando en aquel número. Volví a marcarlo y la voz volvió a decirme lo mismo. Me identifiqué y solicité una cita que me fue concedida para el día siguiente.
—¿Así que han destripado al pez? —dijo el taxidermista mientras sus ojos investigaban en mi rostro cualquier mueca delatora—. Su padre me dejó instrucciones muy precisas para el caso de que llegara este momento.
Y diciendo esto puso la cajita encima de la mesa y continuó:
—Este paquete es para usted. Ha sido el primero en venir y por lo tanto a usted le corresponde.
La emoción agarrotó por unos momentos mi cuerpo. El tesoro de mi padre iba a ser mío, sólo mío. Abrí la caja con desasosiego y encontré un envoltorio de piel oscura y suave.
Abrí el envoltorio y allí estaba el anzuelo de cucharilla con el que mi padre había sido campeón de Lozoya.
jueves 24 de junio de 2010
Tras el cristal
Tomás está de pie mirando por el gran ventanal de su apartamento del décimo piso. Es muy tarde y no tiene prisa por ir a la cama. Con el pijama puesto y descalzo, sujeta en la mano derecha un paquete de cigarrillos y el mechero, mientras que con la otra se acerca el pitillo a los labios. Aspira profundo y el cristal se ilumina reflejando un rostro serio, preocupado. Desde que por la mañana el médico le ha dejado caer la palabra maldita, como si hubiera tirado una piedra en un estanque de aguas oscuras, no ha dejado de pensar en ello: haría falta un milagro para que esto se resolviera, le ha dicho a continuación.Parece mentira, tan sólo unas palabras y todo ha cambiado, la noche oscura, antes promesa de emociones, ahora no es otra cosa que negritud y vértigo. La soledad se ha adueñado de Tomás y se pregunta por qué a él. Joven, deportista, apenas bebe y hace años que también dejó de fumar y ahora... ¿para qué? Es injusto.
Tomás mira, pero sus ojos apenas perciben nada más que la penumbra, ni siquiera las ventanas del edificio de enfrente se iluminan disimulando su soledad.
Es tarde y el cansancio le invita ya a acostarse cuando algo choca contra el cristal. ¿Qué haces tú por aquí, pequeña polilla, en este lugar tan extraño para ti, tan artificial, tan antinatural? Pobre mariposa. Tú también estás herida. Sólo hace falta que se oculte el sol para saberte condenada y ahora buscas refugio para tus últimas horas. Nadie lo diría pero sé cómo te sientes. Abandonada, derrotada. Revoloteas por la superficie resbaladiza en busca de algo donde agarrarte, pero es inútil. No hay salida para ti. No hay milagro. El sol te alimenta y sin su calor estás muerta. Estamos muertos.
Tomás termina su cigarro, lo aplasta contra el cenicero de la mesa y camina en la oscuridad de su habitación hasta la cama.
Apoya la cabeza en la almohada y cierra los ojos. Piensa en la pequeña mariposa. Adormecido, se siente volar con ese vaivén que le provoca el batir de sus alas. Recorre los campos de tonos amarillos y anaranjados buscando en los arbustos las yemas tiernas, almibaradas. Los rayos del sol calientan su espalda y sus alas. Salta sobre los arbustos, sobre la flores secas, sobre los tallos cortados que todavía rezuman savia. Así va trascurriendo el día hasta que la luz empieza a desvanecerse. Entonces, cuando aún se aprecia algo de claridad en el horizonte, divisa otra iluminación, es nueva y vuela hacia ella.
El lugar no le es desconocido. Vuela entre los edificios sin dejarse engañar por los focos que pasan por debajo. Una fuerza extraña dirige su vuelo. Cuando lleva un rato volando impulsa sus alas y se eleva más todavía. Sin saber qué, busca en la noche algo hasta que lo encuentra. Un leve punto rojo se ilumina rítmicamente en lo alto de la pared oscura. Hacia allí vuela y cuando está delante de él lo reconoce: una pequeña llama se enciende de manera acompasada iluminando un rostro: su rostro. Con el semblante serio, sus ojos humedecidos, mirando sin mirar. Se separa del cristal tomando cierta distancia y se lanza contra él. Cae aturdido, pero aún le quedan fuerzas para continuar volando. Esperando el milagro. Y entonces él la mira, la mira y se mira pero no se reconoce y desaparece en el interior de la oscuridad.
Le diría que hay solución, que basta con acercarse a la luz, al calor y aguantar a que venga el nuevo día. Le diría que no todo está perdido, que los milagros existen y que sólo hay que imaginar que suceden. Le diría...
Tomás se despierta de repente, agitado. Salta de la cama, corre hasta la ventana, la abre pero no hay nada ahí fuera. No hay ninguna mariposa. Tan sólo la oscuridad dentro y fuera de la ventana. Entonces lo ve todo claro, se sube al alféizar, abre sus brazos y agitándolos con decisión se lanza al vacío.
miércoles 7 de abril de 2010
Hay carta para Amalia
Cuando en el reloj dieron las siete de la tarde. Amalia retiró la manta que abrigaba sus piernas, se levantó del sofá, caminó hasta la televisión y la apagó. Un leve susurro producido por el vaivén de las pesas del antiguo reloj de pared quedó flotando en el aire.
Amalia se sentó en la pequeña mesa camilla que había junto al balcón, tomó de una alacena una caja de zapatos en la que guardaba papel y sobres y comenzó a escribir una carta. Cuando terminara iría a la plaza y la depositaría en el buzón, regresaría a casa, tomaría una sopa caliente y se metería en la cama. Su vida era sencilla, disfrutaba de los rincones de aquel pueblo y de la rutina de cada uno de sus habitantes. Había escogido aquel lugar escondido entre las montañas de Aragón por sus paisajes, las calles empedradas y el olor a horno que se respiraba nada más cruzar el puente que separaba el riachuelo de la carretera que ascendía hacia el collado.
A la mañana siguiente, Amalia permanecía asomada a la calle desde el balcón. Sus manos agarraban firmemente la negra barandilla. Unas finas gafas colgaban de un cordoncillo sobre su frágil pecho inclinado y tiraban de él hacia el pavimento. Llevaba el pelo estirado hacia atrás formando, como contrapeso, un moño cenizoso. Miraba con ansiedad hacia el fondo de la pendiente. Su casa estaba situada en la parte alta de la calle. Como cada jueves esperaba a que apareciera Mariano con su gorra amarilla y su enorme cartera colgando de la espalda. Cuando lo divisaba bajaba nerviosa las escaleras, abría la puerta de la calle y esperaba a que él terminara de zigzaguear por la pendiente, entre los portales de las demás casas, y le entregara la carta. Ella la tomaba con delicadeza, como si de un tesoro se tratara, la besaba y subía con ella hasta la habitación del balcón. Allí la guardaba, sin abrir siquiera el sobre, dentro de una caja de zapatos en cuyo lateral una etiqueta rectangular advertía: termómetros. Luego se le veía ir y venir a través de los cristales del balcón riendo y canturreando alguna canción de estribillo pegadizo.
En el pueblo se sabía poco de Amalia: que tuvo un marido que murió poco antes de que ella llegara y se instalara allí doce años atrás. Que no había tenido hijos. Que era de pocas amistades y que había hecho un viaje de varias semanas a la capital del que vino muy desmejorada. Fue a partir de aquel viaje cuando aparecieron las primeras flechas en las esquinas y el cartero comenzó a traerle aquellas cartas que tanto dieron que hablar pero que con el paso del tiempo también fueron olvidadas. Amalia salía poco de casa. Comprar el pan, la leche, dar algunos paseos por el camino de la ermita, llegarse a la tienda de ultramarinos de Miguel donde se proveía de lo necesario para los días siguientes. Ni siquiera iba a misa los domingos.
Un jueves Amalia no recibió su carta acostumbrada. Esperó al cartero como hacía siempre pero este pasó de largo. Ella no dijo nada, ni siquiera le preguntó a Mariano. Simplemente desapareció dentro de la casa cerrando la puerta tras de sí. Unos días después Mariano tuvo que llamar a su puerta para entregarle el sobre. Las cartas cada vez aparecían más dispersas: había semanas que no llegaba ninguna y otras, en cambio, recibía varias seguidas. Un par de meses después dejaron de venir.
Al poco tiempo la casa empezó a evidenciar los primeros síntomas de cierta soledad. Primero fueron los visillos, ocultando a todas horas el interior de la casa, luego dejó de salir el humo por la chimenea, después aparecieron secas las plantas de las macetas.
Hacía varias semanas que Joaquina, la que vivía al lado de la droguería, vio a Amalia caminar cerca de la carretera que cruzaba por el final del pueblo, gesticulando con sus manos y hablando sola. Desde entonces no se supo nada más de ella. Cuando los vecinos la echaron en falta avisaron al alcalde. No se le conocía familia alguna y al preguntar por ella en la tienda de Miguel contestó que hacía días que no la había sentido por allí y que la última vez que pasó sólo se llevó, cosa rara, un paquete de tizas. Se decidió entonces abrir la puerta de la casa en caso de que no contestara y así lo hicieron después de aporrearla repetidas veces.
La encontraron sentada en su sillón de mimbre, detrás de la ventana cerrada del balcón que daba a la calle, las piernas debajo de la mesa camilla, tapadas con sus faldas y el brasero apagado. Entre las manos sostenía un pequeño collar de cuentas, parecía dormida pero estaba muerta. La casa aparecía salpicada de frases escritas sobre los muebles y las paredes como: “desayunar primero”, “¿el fuego está apagado?”, “escuchar el ruido del agua”, “vigilar el brasero”, “coger la llave”.
La acostaron en su cama e intentaron avisar a algún familiar cercano pero nadie conocía a ninguno. Se sabía tan poco de aquella mujer... Alguien recordó que recibía cartas así que en ellas debía de haber alguna dirección. Las encontraron en la alacena, en el lugar donde las guardaba Amalia. Ninguna tenía remitente y todas estaban cerradas. Abrieron algunas y en todas ellas leyeron casi el mismo mensaje:
Hoy sigo siendo feliz, me llamo Amalia, son las siete de la tarde, es miércoles veintisiete de marzo de mil novecientos ochenta y cuatro y escribo esta carta para comprobar que aún no me he olvidado de mí misma.
viernes 26 de marzo de 2010
Tesa y Jewel
Cuando Tesa estuvo a unos dos centímetros de la ranura se posicionó verticalmente. Luego, avanzando con decisión, fue removiendo los pivotes de la cerradura, uno a uno, hasta que todos estuvieron alineados. Seguidamente, con un leve movimiento de rotación dejó libre la puerta, y dio paso a la persona que la guiaba. Un minuto después descansaba oscilante en el armario llavero de la entrada de aquella casa, junto a la otra llave.La espera no fue muy larga y en cuanto las sombras se hicieron dueñas del lugar y las dos pudieron sentir el baño de las alternantes luces rosas y verdes neón que se filtraban a través del cristal de la galería, se dejaron llevar y el tintineo de su diálogo, tímido al principio, se fue haciendo cada vez más animado.
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Has visto el ajetreo que ha comenzado en la casa?
—Sí, Jewel.
—¿Tú crees que ya estamos otra vez en las mismas?
—Creo que sí, Jewel.
—¿Nos separarán otra vez?
—Eso me temo.
—¿Y dejaremos de pasar las noches juntas como ahora?
—Supongo que sí. Pero no te preocupes. Ya sabes que se pasa pronto y volveremos a reunirnos en un santiamén. Verás como volveremos a pasar muchas noches tal como lo hacemos ahora, contándonos nuestras andanzas: Yo de aquí para allá. De la casa a la oficina. Luego de visitas a enseñar los pisos a los clientes. Y de viaje en el asiento del copiloto del coche. De reuniones. De cenas en casa de esa nueva mujer.
Tú también me contarás tus viajes; irás a llevar los niños al colegio. A la clase de aeróbic. Al sitio ese de los muertos, con los polvos, los pinceles y los pinturetes. Al café con las amigas...
—Sí pero nos volveremos a separar como hacemos cada año y yo no quiero estar sola, abandonada en el fondo de esa tetera, en el interior del armario de la vecina del segundo C.
—No te preocupes Jewel, también yo voy a estar sola en la guantera del coche. Pero aún no te habrás dado cuenta y volveremos a estar otra vez juntas de nuevo.
—¿Y seguiremos con nuestras tareas?... ¿Abriremos puertas otra vez?
—Claro que sí.
—Y, aparte de abrir puertas ¿también abriremos más cosas?
—Naturalmente.
—Abriremos, como si dijéramos... otros mundos.
—Otros mundos abriremos, sí.
—Y nuevas maneras de ver las cosas.
—Claro, de conocer otros lugares, otras experiencias, otras formas de ver la vida.
—Y también cerraremos.
—Sí Jewel, sí, también cerraremos, pero cállate ya y espera a que se pasen estos días de vacaciones.
—...
—...
—Tesa.
—...
—¡Tesa!
—¿Siiií?
—¿A ti se te pican los dientes?
—No, ¿Por qué?
—Creo que a mí se me ha picado uno.
—¿Y te atascas?
—No.
—Pues entonces no te preocupes, ya te acostumbrarás.
—Oye Tesa.
—Diiime Jewel.
—¿Tú ves muchas cosas a través de tu ojo de cerradura?
—Sí Jewel.
—¿Me las cuentas?
—No Jewel. Precisamente ese es tu cometido: guardar secretos, encerrar las cosas para que nadie las conozca. Ocultar.
—...
—...
—Oye Tesa.
—Dime Jewel.
—¿Y eso que dicen de los orzuelos?
—¿Qué?
—Nada, nada, ya me callo.
viernes 5 de marzo de 2010
La memoria del llanto
Reproduzco aquí el artículo de D. Francisco Gonzalez Ledesma "El futuro de la lidia" por sentirme identificado con las ideas que en él se expresan.
Perdonen si empiezo con una confidencia personal: yo, que soy contrario a los toros, entiendo de toros. Durante años, cuando me recogieron en Zaragoza durante la posguerra, traté casi diariamente con don Celestino Martín, que era el empresario de la plaza. Eso me permitió conocer a los grandes de la época: Jaime Noain, El Estudiante, Rafaelillo, Nicanor Villalta. Me permitió conocer también, a mi pesar, el mundo del toro: las palizas con sacos de arena al animal prisionero para quebrantarlo, los largos ayunos sustituidos poco antes de la fiesta por una comida excesiva para que el toro se sintiera cansado, la técnica de hacerle dar con la capa varias vueltas al ruedo para agotarlo... Si algún lector va a la plaza, le ruego observe el agotamiento del animal y cómo respira. Y eso antes de empezar.
Vi las puyas, las tuve en la mano, las sentí. El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios. ¿Quién es capaz de decir que eso no destroza? ¿Quién es capaz de decir que eso no causa dolor? Pero, claro, el torero, es decir, el artista necesita protegerse. La pica le rompe al toro los músculos del cuello, y a partir de entonces el animal no puede girar la cabeza y sólo logra embestir de frente. Así el famoso sabe por dónde van a pasar los cuernos y arrimarse después como un héroe, manchándose con la sangre del lomo del animal a mayor gloria de su valentía y su arte.
Me di cuenta, en mi ingenuidad de muchacho (los ingenuos ven la verdad), de que el toro era el único inocente que había en la plaza, que sólo buscaba una salida al ruedo del suplicio, tanto que a veces, en su desesperación, se lanzaba al tendido. Lo vi sufrir estocadas y estocadas, porque casi nunca se le mata a la primera, y ha quedado en mi memoria un pobre toro gimiendo en el centro de la plaza, con el estoque a medio clavar, pidiendo una piedad inútil. ¡El animal estaba pidiendo piedad...! Eso ha quedado en la memoria secreta que todos tenemos, mi memoria del llanto.
Y en esa memoria del llanto está el horror de las banderillas negras. A un pobre animal manso le clavaron esas varas con explosivos que le hacían saltar a pedazos la carne. Y la gente pagaba por verlo.
El que acude a la plaza debería hacer uso de ese sentido de la igualdad que todos tenemos y darse cuenta de que va a ver un juego de muerte y tortura con un solo perdedor: el animal. El peligro del toreo, además de inmoral como espectáculo, es efectista, y si no lo fuera, si encima pagáramos para ver morir a un hombre, faltarían manos y leyes para prohibir la fiesta.
Gente docta me dice: te equivocas. Esto es una tradición. Cierto. Pero gente docta me recuerda: teníamos la tradición de quemar vivos a los herejes en la plaza pública, la de ejecutar a garrote ante toda una ciudad, la de la esclavitud, la de la educación a palos. Todas esas tradiciones las hemos ido eliminando a base de leyes, cultura y valores humanos. ¿No habrá una ley para prohibir esa última tortura, por la cual además pagamos?
Perdonen a este viejo periodista que aún sabe mirar a los ojos de un animal y no ha perdido la memoria del llanto.
Francisco González Ledesma es periodista y escritor.
sábado 19 de diciembre de 2009
El belén
A la hora señalada, Antonio entró en la pequeña sala. Dió los buenos días a las personas que allí se encontraban y, despojándose de su abrigo, lo colocó junto a los otros en la percha del rincón. Después, se sentó en un sillón de cuero negro, con reposa brazos amplios y respaldo reclinable. Subió la manga derecha de su camisa y esperó a que la enfermera se acercara con la bacinilla donde llevaba las gasas, los esparadrapos, los goteros y las agujas.¿Qué te pongo hoy? Le preguntó a Antonio. Antonio, con una sonrisa de chiquillo inocente le contestó: el pueblo, ponme los del pueblo. Ya sabes: las ocas, los cerdos, las ovejas con sus pastores y todos los demás.
La enfermera le limpió la zona con una gasa impregnada de alcohol. Antonio cerró los ojos y volvió la cabeza hacia el lado opuesto esperando el picotazo del gallo. Sintió un pinchazo agudo, mitad dolor mitad escozor. Ya está, dijo la enfermera. Antonio se relajó y empezó a notar cómo el riachuelo de papel de plata comenzaba a fluir hacia su vena. Poco después notó el palmear de las patas de las ocas sobre las aguas cristalinas. Primero las de las ocas grandes que se convirtieron en ondas grandes, luego las de los patitos más pequeños. Sentía cómo ondeaba la superficie del agua al paso de la comitiva. Luego llegaron los cerdos. Anárquicos, yendo de un lado para otro, sin control, todos juntos, al tropel. Golpeando con sus poderosas patas sobre el suelo. Hiriendo la tierra con sus pezuñas puntiagudas y removiéndolo todo con sus hocicos. Hasta lo más profundo de mis entrañas. Después apareció el rebaño de las ovejas, con el perro que las hacía desplazarse de forma mareante, primero hacia un lado, después hacia el otro. El pastor venía detrás, dando silbidos y llevando una cabritilla pequeña encima de los hombros. Después llegaron los leñadores, la hilandera, los alfareros con un pequeño carro tirado por un burro viejo, con sus cacharros de barro. Todos caminaban despacio, como si no tuvieran prisa, como si su tiempo estuviera previsto ya de antemano. Cada uno de ellos iba a situarse justo donde le correspondía. Las ocas en el agua, cerca de la presa de delante del molino. Los cerdos un poco más atrás, junto al bosque de musgos. Las ovejas se colocaron en las praderas que había más alejadas, al pie de las montañas de cartón. Los demás, sobre el puente, en el camino o al lado de él.
Entonces, cuando todos estuvieron ya en sus sitios apareció el ángel. ¡Antonio!, sintió que le llamaban. Chisss, susurró Antonio. ¡Antonio!, volvió a escuchar otra vez mientras alguien le daba unos golpecitos en el hombro desde afuera. ¡El ángel! Dijo Antonio ¡Viene el ángel! Y al abrir los ojos apareció la cara de la enfermera delante de él. Ya hemos terminado Antonio. Le dijo, y continuó: ¿Qué tal te encuentras? Bien, dijo Antonio, empezaba a ver la estrella. Presiona fuerte aquí, le dijo la enfermera colocándole uno de sus dedos de la mano izquierda sobre un montoncito de algodón encima de su brazo derecho. Ya está. ¿El próximo día... los reyes? Antonio no contestó. Siguió apretando sobre el algodón hasta que la salita quedó vacía, luego, bajándose la manga de la camisa y colocándose el abrigo, recorrió los pasillos solitarios y salió al frío de aquella mañana de diciembre.
