de Javier Cerced
Tomás está de pie mirando por el gran ventanal de su apartamento del décimo piso. Es muy tarde y no tiene prisa por ir a la cama. Con el pijama puesto y descalzo, sujeta en la mano derecha un paquete de cigarrillos y el mechero, mientras que con la otra se acerca el pitillo a los labios. Aspira profundo y el cristal se ilumina reflejando un rostro serio, preocupado. Desde que por la mañana el médico le ha dejado caer la palabra maldita, como si hubiera tirado una piedra en un estanque de aguas oscuras, no ha dejado de pensar en ello: haría falta un milagro para que esto se resolviera, le ha dicho a continuación.
Parece mentira, tan sólo unas palabras y todo ha cambiado, la noche oscura, antes promesa de emociones, ahora no es otra cosa que negritud y vértigo. La soledad se ha adueñado de Tomás y se pregunta por qué a él. Joven, deportista, apenas bebe y hace años que también dejó de fumar y ahora... ¿para qué? Es injusto.
Tomás mira, pero sus ojos apenas perciben nada más que la penumbra, ni siquiera las ventanas del edificio de enfrente se iluminan disimulando su soledad.
Es tarde y el cansancio le invita ya a acostarse cuando algo choca contra el cristal. ¿Qué haces tú por aquí, pequeña polilla, en este lugar tan extraño para ti, tan artificial, tan antinatural? Pobre mariposa. Tú también estás herida. Sólo hace falta que se oculte el sol para saberte condenada y ahora buscas refugio para tus últimas horas. Nadie lo diría pero sé cómo te sientes. Abandonada, derrotada. Revoloteas por la superficie resbaladiza en busca de algo donde agarrarte, pero es inútil. No hay salida para ti. No hay milagro. El sol te alimenta y sin su calor estás muerta. Estamos muertos.
Tomás termina su cigarro, lo aplasta contra el cenicero de la mesa y camina en la oscuridad de su habitación hasta la cama.
Apoya la cabeza en la almohada y cierra los ojos. Piensa en la pequeña mariposa. Adormecido, se siente volar con ese vaivén que le provoca el batir de sus alas. Recorre los campos de tonos amarillos y anaranjados buscando en los arbustos las yemas tiernas, almibaradas. Los rayos del sol calientan su espalda y sus alas. Salta sobre los arbustos, sobre la flores secas, sobre los tallos cortados que todavía rezuman savia. Así va trascurriendo el día hasta que la luz empieza a desvanecerse. Entonces, cuando aún se aprecia algo de claridad en el horizonte, divisa otra iluminación, es nueva y vuela hacia ella.
El lugar no le es desconocido. Vuela entre los edificios sin dejarse engañar por los focos que pasan por debajo. Una fuerza extraña dirige su vuelo. Cuando lleva un rato volando impulsa sus alas y se eleva más todavía. Sin saber qué, busca en la noche algo hasta que lo encuentra. Un leve punto rojo se ilumina rítmicamente en lo alto de la pared oscura. Hacia allí vuela y cuando está delante de él lo reconoce: una pequeña llama se enciende de manera acompasada iluminando un rostro: su rostro. Con el semblante serio, sus ojos humedecidos, mirando sin mirar. Se separa del cristal tomando cierta distancia y se lanza contra él. Cae aturdido, pero aún le quedan fuerzas para continuar volando. Esperando el milagro. Y entonces él la mira, la mira y se mira pero no se reconoce y desaparece en el interior de la oscuridad.
Le diría que hay solución, que basta con acercarse a la luz, al calor y aguantar a que venga el nuevo día. Le diría que no todo está perdido, que los milagros existen y que sólo hay que imaginar que suceden. Le diría...
Tomás se despierta de repente, agitado. Salta de la cama, corre hasta la ventana, la abre pero no hay nada ahí fuera. No hay ninguna mariposa. Tan sólo la oscuridad dentro y fuera de la ventana. Entonces lo ve todo claro, se sube al alféizar, abre sus brazos y agitándolos con decisión se lanza al vacío.
Tomás está de pie mirando por el gran ventanal de su apartamento del décimo piso. Es muy tarde y no tiene prisa por ir a la cama. Con el pijama puesto y descalzo, sujeta en la mano derecha un paquete de cigarrillos y el mechero, mientras que con la otra se acerca el pitillo a los labios. Aspira profundo y el cristal se ilumina reflejando un rostro serio, preocupado. Desde que por la mañana el médico le ha dejado caer la palabra maldita, como si hubiera tirado una piedra en un estanque de aguas oscuras, no ha dejado de pensar en ello: haría falta un milagro para que esto se resolviera, le ha dicho a continuación.Parece mentira, tan sólo unas palabras y todo ha cambiado, la noche oscura, antes promesa de emociones, ahora no es otra cosa que negritud y vértigo. La soledad se ha adueñado de Tomás y se pregunta por qué a él. Joven, deportista, apenas bebe y hace años que también dejó de fumar y ahora... ¿para qué? Es injusto.
Tomás mira, pero sus ojos apenas perciben nada más que la penumbra, ni siquiera las ventanas del edificio de enfrente se iluminan disimulando su soledad.
Es tarde y el cansancio le invita ya a acostarse cuando algo choca contra el cristal. ¿Qué haces tú por aquí, pequeña polilla, en este lugar tan extraño para ti, tan artificial, tan antinatural? Pobre mariposa. Tú también estás herida. Sólo hace falta que se oculte el sol para saberte condenada y ahora buscas refugio para tus últimas horas. Nadie lo diría pero sé cómo te sientes. Abandonada, derrotada. Revoloteas por la superficie resbaladiza en busca de algo donde agarrarte, pero es inútil. No hay salida para ti. No hay milagro. El sol te alimenta y sin su calor estás muerta. Estamos muertos.
Tomás termina su cigarro, lo aplasta contra el cenicero de la mesa y camina en la oscuridad de su habitación hasta la cama.
Apoya la cabeza en la almohada y cierra los ojos. Piensa en la pequeña mariposa. Adormecido, se siente volar con ese vaivén que le provoca el batir de sus alas. Recorre los campos de tonos amarillos y anaranjados buscando en los arbustos las yemas tiernas, almibaradas. Los rayos del sol calientan su espalda y sus alas. Salta sobre los arbustos, sobre la flores secas, sobre los tallos cortados que todavía rezuman savia. Así va trascurriendo el día hasta que la luz empieza a desvanecerse. Entonces, cuando aún se aprecia algo de claridad en el horizonte, divisa otra iluminación, es nueva y vuela hacia ella.
El lugar no le es desconocido. Vuela entre los edificios sin dejarse engañar por los focos que pasan por debajo. Una fuerza extraña dirige su vuelo. Cuando lleva un rato volando impulsa sus alas y se eleva más todavía. Sin saber qué, busca en la noche algo hasta que lo encuentra. Un leve punto rojo se ilumina rítmicamente en lo alto de la pared oscura. Hacia allí vuela y cuando está delante de él lo reconoce: una pequeña llama se enciende de manera acompasada iluminando un rostro: su rostro. Con el semblante serio, sus ojos humedecidos, mirando sin mirar. Se separa del cristal tomando cierta distancia y se lanza contra él. Cae aturdido, pero aún le quedan fuerzas para continuar volando. Esperando el milagro. Y entonces él la mira, la mira y se mira pero no se reconoce y desaparece en el interior de la oscuridad.
Le diría que hay solución, que basta con acercarse a la luz, al calor y aguantar a que venga el nuevo día. Le diría que no todo está perdido, que los milagros existen y que sólo hay que imaginar que suceden. Le diría...
Tomás se despierta de repente, agitado. Salta de la cama, corre hasta la ventana, la abre pero no hay nada ahí fuera. No hay ninguna mariposa. Tan sólo la oscuridad dentro y fuera de la ventana. Entonces lo ve todo claro, se sube al alféizar, abre sus brazos y agitándolos con decisión se lanza al vacío.
